| Después de ese primer toro, la corrida fue dulcemente cuesta abajo, pues sus hermanos de camada, tan imponentes de salida como él, se fueron apagando y en algún caso rajándose de mansos. Pero se vieron todavía cosas bellas. El galope creciente de un toro que sigue el capote a una mano del peón de brega hasta que lo obliga a esconderse de un brinco detrás del burladero; el esforzado brazo de Sebastián Vargas en unas tandas de muleta, y sus pares de banderillas clavados "al violín" esperando en las tablas; la ayuda paciente de Paco Perlaza a sus dos toros, cortísimo el uno y caminador el otro. Y, por parte de los subalternos, el salto de delfín del banderillero Hernando Franco, el gordo mimado de la plaza, la brega breve y eficiente de Ricardo Santana, los dos magníficos pares de banderillas de Jaime Devia.
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