En febrero de 1992 un ferry rápido de Trasmediterránea que cubría la ruta entre Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas chocó a gran velocidad contra un cachalote (un adulto puede medir hasta 20 metros y pesar 80. 000 kilos). A consecuencia del violento impacto, falleció un pasajero y el buque sufrió daños de importancia. Unos meses antes, otro jet foil de la misma firma, que transportaba a 138 pasajeros, partió en dos con sus patines de acero a un cachalote de seis metros de longitud a sólo cinco millas del puerto de Tenerife: hubo siete heridos. Un equipo de veterinarios estableció que las colisiones podrían deberse a una pérdida de capacidad auditiva de los cetáceos. Una hipótesis que confirmaron las autopsias de los animales: «Su oído es ya incapaz de captar los sonidos de baja frecuencia que emiten los buques y no pueden esquivarlos», apuntó en su día Michel André, ingeniero e investigador de este fenómeno. La conclusión fue que, sometidos al ruido del incesante tráfico marítimo, los cachalotes habrían sufrido «pérdidas irreversibles de audición por una contaminación acústica excesiva».
En el Cantábrico, y sin adquirir los tintes dramáticos de Canarias, la contaminación sonora es un molesto invitado en la mar. Para conocer el grado de esta ingerencia, el íbero, un velero de 18 metros de eslora patrocinado por la Fundación La Caixa elaborará, con la participación de naturalistas y biólogos de ámbar, el primer mapa acústico submarino del Cantábrico y tratará de establecer cómo la actividad humana (ferrys, cargueros, barcos recreativos, pesqueros) interfiere en la vida de las «24 especies» de cetáceos que residen o visitan las aguas vascas, según el biólogo vizcaíno Pablo Cermeño.
Los científicos a bordo del íbero realizarán una veintena de mediciones, hasta Cobarón. Al tiempo, en el Puerto Deportivo de Getxo, La Caixa ha instalado un aula marina abierta a escolares y visitantes.
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