Palma abierta Después de una noche en barco desde Barcelona, el ferry toca tierra en Palma de Mallorca capital isleña. Es una isla catalana, arisca pero de corazón fresco. En este momento, un hombre ofrece un café con masitas en el único bar abierto a pasos de Plaza del Rey. El silencio, como las sillas, también molesta en la mañana. Pero el sol que ya amenaza con salir revive a la ciudad. Mallorca es una puta ibérica muy codiciada. Todos la tuvieron en sus brazos, pero nadie se quedó con ella, dice Xavier, un mallorquino de dientes afilados. La clase de historia y exabrupto queda aclarada rápidamente: en sus tres mil años de población estable fue invadida por piratas fenicios, árabes, ingleses, italianos, holandeses, alemanes (sí, ellos fueron piratas a su modo). Al fin, los catalanes se hicieron cargo. Y ahora en una esquina de calles estrechas, una pareja se enfurece:
Dentro del casco antiguo es mejor no comprender el sentido de las manos de Palma, sino seguir las flechas a cada paso. En Palma hay unos baños árabes milenarios y una catedral con escaleras que van al cielo. La ciudad tiene un diario en alemán, bares en alemán, bebidas en alemán y alemanes por doquier. Pero también tiene ingleses. Y a todos ellos atienden ahora unos camareros argentinos que han conseguido saltar el charco en busca de restos de vida.
Respuesta escueta y germana. Mejor salir rápido de la sombra de un faro y cruzar sobre el atardecer hacia la playa. El torrente de arena quieta descansa en el albor del verano. Aparece a la izquierda Puerto Pollenza, el de la famosa canción, después Puerto de Alcudia, y la ruta desemboca por azar en una playa cuyo nombre no se retiene. Podría ser (volviendo a mirar el mapa) Cala Bona, Cala Millor o Cala Magrana. Las tres son similares: vacías en invierno, de infraestructura sólida para recibir alemanes, ingleses, holandeses, dinamarqueses, etcéteras. Aquí es donde la llamada marcha se hace presente con bombos y trompetas noche a noche.
De pepas a Palma, tío Se oscurece la isla. Desde el cielo bien podría parecer una gran pista de aterrizaje. Por sus luces titilando. Son las 10 de la noche; el tanque ha disminuido con el paso del pedal a fondo y surge en el mapa un nombre atractivo para terminar el recorrido, con un vino mediterráneo. Es Cala dor, un recoveco bien guardado.
Ya el mar está escondido detrás de la noche. Y es hora de palmar. Por eso Palma recibe a este cronista con las manos abiertas por el otro lado, ahora desde el sureste. La vuelta se completa. Los alemanes han salido en busca de sus propios bares y los ingleses también, más tarde. Pero los argentinos aprovechan el descuido para copar el centro sigilosamente, en esa Palma defendida por su antiguo casco de tanta barbarie.
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