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Paulina León cruzó montañas de agua para entender la migración
2008-01-27
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Paulina León cruzó montañas de agua para entender la migración
 
La migración es igual al limbo. El limbo es un estado donde nada es seguro, es la total espera, y esa espera es angustiosa. No es el infierno ni el cielo. No pretendo hablar por los otros, sino contar desde mi propia experiencia por qué la migración es igual al limbo.

Hace seis años vivo en Alemania, donde estudio artes plásticas (también estudié arte en Francia y, en el Ecuador, en el Laboratorio Teatral de Malayerba). Salí de la Universidad Católica: había muchas censuras moralistas hacia el arte y por estar en desacuerdo me expulsaron.

La vida de los tripulantes se perdía en la inmensidad del universo, en la enorme masa negra que se torna la noche cuando no hay Luna. Aunque mi situación no es la de un Ñsin papeles en Alemania, aún así son latentes las consecuencias de ser un extranjero. La gente te ve como alguien completamente extraño, que solo sirve para realizar limpieza de baños: hay desprecio y la cultura es diferente.

En Berlín empecé a investigar la migración, luego indagué en Barcelona, donde hay más emigrantes, sobre todo ecuatorianos. Ambas investigaciones son posibles gracias a becas alemanas: la Nafog, del Municipio de Berlín y la DAAD, del Gobierno alemán.

Como parte de mi proyecto artístico decidí cruzar el mar. Lo haría en un pequeño velero de 42 pies, llamado Bumblebee. Tiene una cocina, dos camarotes, una sala y la cabina de control.

En esta prueba me acompañaron Bjarke, un danés que quería conocer América, y Joe, un inglés, dueño del velero. Viajamos desde las Islas Canarias hasta el Caribe: el mismo recorrido que hizo Cristóbal Colón. Fueron tres semanas donde solo existía cielo y agua.

Tuvimos que acostumbrarnos a la poca comida enlatada, a cuidar el agua dulce, a bañarnos poco... No se podía leer ni escribir mucho, por los mareos. Todas las cosas se caían por las olas gigantes, que parecían montañas de agua. Dormíamos, o intentábamos hacerlo, sosteniéndonos de la cama.

Joe, el capitán del velero, miraba el mapa atlántico y el GPS y nos decía cuantos días faltaban. Muchas veces faltaban los mismos días, pues las corrientes no nos permitían avanzar. Aprendí y valoré muchas cosas, como el hacer nudos marineros.

Los nudos marineros pueden sujetar, asegurar, mantener y hasta ahorcar. Todo tenía un sentido en el velero: si se halaba mal de un nudo, todo podía venirse abajo. Pero en la incertidumbre hubo emociones reconfortantes: ver el paso de los delfines y, en la noche, mirar las estrellas fugaces.

Realizar el mismo viaje que hicieron conquistadores y esclavos fue medirse a uno mismo, más cuando en esas aguas han muerto varios emigrantes. Esta experiencia solamente puede ser expresada a través del lenguaje estético y sensible del arte.

Mostraré este trabajo en Japón, en una exposición en Hiroshima. Lo primero que haré es un objeto escultórico que represente al velero, al océano y al universo: el espectador será el Dios que observa el velero en la mitad de la nada. Además, preparé una serie de dibujos y fotografías, un video y, posiblemente, una obra de teatro.