| En el momento del encuentro, sugirió el anfitrión reunirnos en su despacho del Ministerio de Defensa a tomar un tinto. Un edecán acucioso me condujo hasta el humeante café. Con intervalos de segundos, fueron ingresando al despacho no menos de 15 almirantes, cada uno encargado de una sección neurálgica. Me apretaban la mano con una cortesía acojonante. Llegué a pensar que se me iba a celebrar una especie de consejo verbal de guerra por mi alevosía contra la nave señera. Pero, en vez de solicitarme una reparación, y ni siquiera una explicación, el almirante Barrera fue al grano solicitando que levantara la mano el alto oficial que, según la nota de prensa, habría expresado que debería retirarse la placa del poeta Arango (en bronce, de 25 x 25 centímetros, con letra cursiva en bajo relieve, instalada en el pasillo del costado de babor del velero Gloria) y suplantarla por la letra de una de las canciones compuestas por los infantes, con motivo de reciente celebración de la Armada. La inmovilidad general puso de presente que ningún alto oficial lo había hecho.
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