No es tan así, claro. La Dalia Negra hubiera acabado tan mal en un sótano del Greenwich Village como en aquel baldío de la 39 y Norton (aunque tal vez en New York no la hubieran inmortalizado cortándola tan gore y prolijamente en dos). Hay algo siempre excesivo en California, como si el hecho de albergar en sus tripas a un feto de celuloide la obligara a buscarle y encontrarle a su trama las vueltas y revueltas más espectaculares, o como si el perfume que despide, y que atrae a forasteros desde el principio de su historia, la condenara a ser un poco más extrema que cualquier otra. Entre los muchos que llegaron a sus playas y sus colinas como alguna vez lo hiciera la Dalia Negra estuvieron y siguen estando dos bandas decididamente freaks, dos bandas diabólicas y angelicales, dos bandas con nombre y apellido que vinieron de lejos y aquí se quedaron: Steely Dan y Fleetwood Mac.
La noticia, ahora, es que Fleetwood Mac y Steely Dan tienen discos nuevos. Dos álbumes flamantes flotando en la atmósfera contaminada de Los Angeles, donde convivieron y conviven las poluciones musicales de los Beach Boys, Guns NRoses, The Eagles, Warren Zevon y el último orgasmo de Barry White, que en paz descanse.
|