HOY quiero hablarte de amor. Decir con palabras lo que saben todas las cosas en este apartado rincón de áfrica a donde he llegado para combatir la enfermedad de aquellos que nada poseen, salvo la vida. Cuando mis manos tocan la piel de caoba de estos niños, es la piel de nuestro hijo la que acaricio. Cuando las horas de sol me dejan vencido a la sombra de las acacias, son vuestros nombres lo que escribo en la arena. Y me quedo ausente, abrazado a la nostalgia, la espalda contra el adobe de la pared o el tronco del tamarindo, procurando escuchar vuestras voces en la brisa caliente que sopla de la llanura en llamas, mirando el temblor del cielo por encima de la seca pradera, dejando que la mirada se apague en los campos de mijo y que el zumbido de las moscas y el canto de las cigarras me ayuden a olvidar la enorme distancia que nos separa.
Todo me obliga a recordarte. Allí donde poso la mirada, hallo un rastro de tu ser. Ahora, recién llegado de la calle, te he visto como madre en la esposa de Keita, el pastor. He pasado junto a su casa y ella estaba afuera, moliendo mijo con su atuendo de intensos verdes y rojos, con el turbante blanco y el hijo dormitando a su espalda, dentro de un saco de tela. Me ha sonreído al pasar, con su rostro brillante de sudor. Conforta este calor humano, hace menos dolorosa vuestra ausencia.
Puedo escribirte lo que otros amantes han escrito. Es siempre lo mismo: una vida que nos importa más que la propia. Es siempre unos ojos que miran lo real y lo invisible por nosotros, una voz que nos habla, en lo profundo, de lo que alimenta nuestras almas, el nombre de una mujer o de un hijo que dejan en penumbra la tierra que se aleja de ellos. Aquí mismo, a miles de kilómetros, es la voz de ese hijo lo que escucho en las aguas del Níger, es su rugido, imitando al león, lo que escucho cuando rugen las fieras, y es el cuerpo desnudo de mi amada lo que dibuja el polvo en los caminos, son sus besos lo que llevan las nubes que surcan el cielo de la sabana.
Hoy quería llevarte magnolias al alba. Acariciarte el pelo con el mismo sol que arde sobre las casas y los árboles de esta aldea. Sentarnos al pie de los grandes mangos mientras el niño busca las puertas del Edén en sus ramas. Contemplar el esplendor de cuanto nos rodea, de lo salvaje y de lo humano, y aceptar el dolor y la muerte cuando llegan, porque toda vida lleva a su lado una sombra.
Hoy quería irme lentamente muriendo del amor que deja huérfanos los labios del mundo, alzar el vuelo como un pájaro, buscarte en los senderos de la memoria y sólo amarte, nada más que cerrar los ojos y escuchar el lamento de mi alma enamorada.
Al anochecer, enciendo la lamparilla de mi cuarto y escribo en el cuaderno de viaje. Hablo del trabajo y de la recogida del sorgo, de los niños que acuden a mi consulta o el retraso de la lluvia, pero siempre acabo con las mismas palabras, siempre atado a vuestros nombres que no se alejan nunca de mi boca. Alguien está tocando una kora. Me asomo a la ventana y escucho embelesado. Su sonido de arpa o guitarra de cristal hace más dulce la noche, más distante el clamor de las ciudades, más apremiante mi deseo de surcar la arena del desierto que nos separa, de estar ahí, arropándote en mis brazos como un abril en la tarde, escuchando juntos esta misma melodía, o hacerlo aquí, ahora, bajo este cielo africano de incontables estrellas, soñar lo imposible, cerrar los ojos y pensar que al abrirlos llegas a mí como ave del paraíso, pensar que es posible y puede alcanzarse cuando el amor vence a la duda, creerlo aunque sólo sea para provocar un sueño inolvidable antes de que amanezca otro día sin ti.
Aunque sé lo mucho que te gustan, no pude encontrar rosas blancas en ninguna parte, pero en las ramas del baobab crece una flor de pétalos blancos que se abren en la noche y mueren con la luz del día. Es como un diamante en el dedo de una hermosa mujer. Las pondré en la brisa que baja de las colinas al atardecer para que las deje en tu ventana.
A nuestro hijo le enviaré plumas del pájaro suimanga, que son de un azul de terciopelo, para que las guarde en la caja de tesoros que esconde debajo de su cama. Y un elefante tallado en un trozo de marfil. Y semillas de karité.
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