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Breve historia ilustrada del pánico
2008-03-14
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Breve historia ilustrada del pánico
 
Un personaje sostiene una pequeña fogata en sus manos, sentado sobre un cubo circense, mientras el humo le tapa la cara y de fondo se ve un bosque, pero no un bosque auténtico, sino una tela pintada con los motivos del bosque. Los bosques frondosos de las pinturas de Masoch son inaccesibles, bien porque son telones pintados, pinturas dentro de pinturas; bien porque son tramas profundas y misteriosas que están a espaldas de los personajes. En cuanto a la recurrente edad escolar, remite a la regimentación, al mundo de la norma y la ley, del saber compendiadoen un manual. En este sentido, la pintura de Masoch es también un manual de psicología básica sobre las fobias y temores que se inician en la adolescencia: personajes obsesionados por la culpa, la vergüenza, el oprobio, sufren teatralmente, solitarios, ante una audiencia.

Alternativa o simultáneamente hay un repertorio de elementos simbólicos que se repiten desde siempre en la obra de Masoch. Y ese repertorio de elementos, por su repetición y protagonismo, se vuelven determinantes.

Esta exposición se abre con un conjunto de obras redondas, pequeñas: tres retratos infantiles que se tapan los ojos, los oídos y la boca. Los sentidos obstruidos transforman a estos personajes en testigos inermes, ciegos, sordos y mudos. Es indudable, como recuerda Jorge Fondebrider en uno de los textos de presentación de la muestra, que la pintura de Masoch homenajea a la de Delvaux, Magritte y Balthus: el Delvaux cuyos personajes estaban en estado de ensoñación, eran pintados en escenarios incongruentes e intemporales; el Balthus de interiores claustrofóbicos donde el foco estaba puesto en la ambigüedad de la adolescencia; el Magritte de la obsesión por una cotidianidad enrarecida e inapropiada, y por el tema de la pintura dentro de la pintura. En los tres pintores, con distintas gradaciones, asoma también el peso del erotismo, que en el caso de Masoch está presente de un modo muy encubierto y oblicuo: por sustitución, por ausencia, por negación.

Pero buscando referentes más acá, en estas pampas, la pintura de Masoch exhibe aires de familia con las acuarelas de Fermín Eguía, tanto con sus retorcidos interiores como con los paisajes del Tigre, tan serenos como perversos. Hay una genealogía argentina del tardosurrealismo, del anacronismo de ciertas traducciones y metamorfosis de la historia de la pintura europea. Desde un surrealismo metafísico hasta un realismo fantástico y perverso, la inmovilidad de las pinturas de Masoch remite a una vida interrumpida e interferida por el sueño, el recuerdo, la pesadilla y el presente ominoso. La parálisis de sus personajes es parsimoniosa hasta la exasperación: esos jóvenes vestidos en pijama o en traje de presos expresan una quietud aterrorizada ante el presente y parecen reproducir el abúlico laconismo de Bartleby, porque preferirían no hacer lo que hay que hacer. Y mantenerse en esa quietud densa, de pura expectativa y pura suspensión.