A lo largo de la velada Bob Dylan no se dirigió a la audiencia, ni siquiera para saludar, lo único que envió fueron descargas musicales, precisas como dardos, que hicieron blanco en el corazón de sus fans.
La presentación fue para auténticos seguidores, no para aquellos que conocen uno o dos de sus éxitos. La selección musical incluyó todas las corrientes que ha abarcado a lo largo de su fructífera carrera.
Su espigada figura resultó imponente por sí sola, sin embargo, su voz con ese estilo tan peculiar se encargó de rematar una noche única, enmarcada por distintos ritmos como el blues, rock y hasta el country.
Tony Garnier, Denny Freeman, Stu Kimbal, Donnie Herron y George Recile son los músicos que acompañan a la veterana estrella del rock, sin ellos la noche no hubiera estado completa, ni hubiera sido tan perfecta.
Por su parte, Bob también se encargó, como es su costumbre, de tocar algunos instrumentos como la guitarra, la armónica y los teclados. Sus movimientos en el escenario fueron limitados, no hacían falta, aunque a su público lo hubiera enloquecido que mostrara más proximidad.
La producción fue de lo más austera, apenas un telón negro en la parte de atrás y en el piso del escenario una estrella de siete picos. Las luces en todo momento son tenues, por lo que le dan al espectáculo un ambiente intimista.
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